|
Jamás
pude olvidarme de ese llavero con larga cadena con
el que jugaba el vicealmirante Carlos Lacoste,
cuando por primera vez en la vida escuché algo en
serio sobre la posibilidad de que la Argentina
invadiera las islas Malvinas.
Ocurrió
eso en los días inmediatos al 11 de diciembre de
1981, caracterizado por la remoción "por
enferdad", según se adujo, del presidente de
facto, general Roberto Viola.
Lacoste
era ministro de Acción Social. En su nombre y en el
de los restantes ministros que no habían renunciado
de inmediato en solidaridad con Viola, Lacoste me
había invitado a tomar un café a su despacho. Se
trataba de explicar al cronista la singularidad de
esa circunstancia tan poco habitual de que cayera el
presidente y no cayeran los ministros.
La
otra mitad del gabinete nacional -el del Interior,
general Horacio Liendo; el de Economía, Lorenzo
Sigaut- había dimitido acto seguido al alejamiento
de Viola, porque a él sentían deberse, pero sobre
los restantes ministros pesaban distintos
sentimientos.
Estos
últimos -con excepción de un par de ministros
civiles- eran prisioneros de reglas por cuales
dependían mucho más de los respectivos comandantes
en jefe del Ejército, la Armada y la Fuerza Aérea
que del presidente al que se había echado sin
contemplaciones por supuestos males de salud.
Viola
vivió varios años más: en su casa y en prisión,
condenado por delitos sobre derechos humanos.
Lacoste
no me ocultó, sino, por el contrario, aquella
interpretación de las normas institucionales prácticas
de la época militar; normas curiosas, pero que
reflejaban una ley de hierro convenida antes del 24
de marzo de 1976: los comandantes en jefe, como
miembros de la Junta Militar, representaban mucho más
el poder real que el propio presidente de la Nación.
Además,
comentó Lacoste a este cronista, alguien debe
quedarse hasta la designación del nuevo presidente
a fin de que no haya un vacío de poder. Cuando se
levantó del asiento, en su despacho del actual
Ministerio de Salud, jugando en el pulgar de su mano
derecha con un llavero, el hombre clave de la
organización del Campeonato Mundial de Fútbol de
1978 cerró del siguiente modo una serie de
reflexiones que habíamos compartido sobre el
creciente deterioro del gobierno militar: "Esto
se arregla muy fácil, invadiendo las
Malvinas".
No
recuerdo si pregunté algo más o callé, paralizado
por el estupor de la tesis: revitalizar, por medio
de un acto brutal de política exterior, la
confianza interna en un proceso militar que estaba
tanto o más minado por las desinteligencias
internas que por la oposición activa a él de
fuerzas políticas o sociales.
A
esa altura, la subversión estaba desarticulada al máximo,
con miles de desaparecidos y muertos y no pocos de
sus militantes en el exilio.
Una
semana después de tal conversación con Lacoste,
recibí un llamado del canciller del ex presidente
Juan Carlos Onganía, Nicanor "Canoro"
Costa Méndez. Sugería que comiéramos al día
siguiente con un colega de LA NACION "porque
hay temas interesantes para hablar".
Lo
hicimos así, al mediodía, en el comedor del
diario.
Tan
pronto nos sentamos a la mesa, "Canoro" se
largó con la inesperada novedad de que le habían
ofrecido, una vez más, ser ministro de Relaciones
Exteriores. Como manteníamos con él una amistad
que se prolongaría hasta la muerte, se permitió
ahondar en el tema que lo urgía a partir de una
pregunta muy propia del espíritu travieso que era,
que le permitía ir midiendo paso a paso la solidez
del camino que transitaba.
-¿Qué
creen que debo hacer? ¿Acepto o no acepto?
Costa
Méndez había militado por muchos años en el
nacionalismo tradicional, ajeno como colectividad
-por más admiración que suscitara la cultura vasta
de no pocos de sus integrantes- a la sensibilidad más
liberal de sus contertulios ocasionales. No sólo éramos
amigos; lo considerábamos inteligente y lo sabíamos
dispuesto, por habérselo escuchado, a apoyar un
movimiento que acelerara la salida hacia la
democracia ausente desde tantos años atrás.
En
el almuerzo, Costa Méndez abundó en juicios
favorables a la búsqueda de una solución democrática
después de siete años de autoritarismo militar.
Pero si el registro más vivo que tengo de la
entrevista con el vicealmirante Lacoste es que haya
estado jugando con un llavero cuando pronunció la
palabra impensable -"Malvinas"-, del
almuerzo con Costa Méndez nunca podré olvidar la
parte siguiente del diálogo rápido que sostuvimos,
cuando le pregunté:
-Y
de todas las reuniones que ha tenido con los mandos
militares hasta aquí, ¿qué es lo que más le ha
impresionado?
-Sin
duda, el hecho de haber sido advertido que, de aquí
en adelante, el tema de las Malvinas tendrá una
prioridad no menor que la cuestión del Beagle.
Atiné
a contestar que se trataba de una advertencia de
fenomenal importancia, porque en ese momento la
Argentina tenía nada menos que al Papa, poco menos
que prisionero, en una negociación harto difícil
con Chile por el diferendo del Beagle.
-Calcule
usted la magnitud del cambio -respondió
"Canoro".
Ese
almuerzo se realizó en algún momento entre el 17 y
el 18 de diciembre, porque el martes 22 Costa Méndez
juró con los otros ministros.
Cuando
abandonamos el comedor dijo que le quedaba una reunión
pendiente en el ámbito militar para saber cuál sería
la definición sobre el ofrecimiento recibido. No
tuve curiosidad alguna por saber a qué reunión se
refería. Conociéndolo, tuve sin reticencia la
convicción de que había llegado a nuestra mesa con
el compromiso ya asumido de ser ministro.
Nunca
lo recriminé por su actitud, como tampoco le
pregunté más adelante cómo se conciliaba su búsqueda
de la democracia con una situación de política
exterior que, de haber prosperado, no habría hecho
más que reafirmar al declinante poder militar.
A
los hombres se los toma como son. Y al igual de lo
que piensan algunos de quienes fueron sus más
inmediatos colaboradores, entiendo que
"Canoro" fue esa segunda vez al Palacio
San Martín a buscar, por decirlo así, la revancha,
luego de un retiro poco feliz del gobierno de Onganía,
tanto para él como para el ministro de Economía,
Adalbert Krieger Vasena.
A
principios de febrero, no recuerdo bien si en The
Times o en The Daily Telegraph o en un tercer diario
en inglés, pero con seguridad en una página
interior y a una columna, se publicó un título del
siguiente tenor: "¿Serán invadidas las
Malvinas?"
¿Cómo
aceptar, pues, la verosimilitud de que los británicos
fueran tomados tan de sorpresa el 2 de abril, si la
invasión era un tema debatido en los diarios
londinenses?
¿O
resultaba, acaso, que los británicos creían que la
invasión eventual de las Malvinas era de una
excentricidad tal que superaba la de un alumno
enloquecido de Cambridge, como lord Byron, que se
llevó al campus a vivir consigo un oso, con la
excusa de que el reglamento de la universidad sólo
prohibía introducir perros?
Lo
notable de todo es que los más altos funcionarios
del gobierno argentino conocieron los planes de
invasión cuando en la práctica no existía ya la
posibilidad de un retroceso. En materia de
incomunicaciones, Galtieri batió récords: atendió
las llamadas telefónicas del presidente
norteamericano, Ronald Reagan, sólo después de
haberse producido, el primero de abril, el silencio
de radio de la primera nave del desembarco. Así se
permitió hacer oídos sordos al requerimiento de
Washington de evitar una confrontación militar.
El
ministro de Economía, Roberto Alemann, se notificó
de lo que se avecinaba el primero de abril cuando
regresaba de Cartagena, de una reunión del Banco
Interamericano de Desarrollo. Por fortuna para la
Argentina, el presidente del Banco Central, Egidio
Iannella, y el secretario de Hacienda, Manuel
Solanet, habían tomado nota de lo que ocurriría en
la noche del 31. Con celeridad retiraron de Londres
los fondos argentinos allí depositados.
Amadeo
Frugoli, ministro de Defensa -nada menos que
ministro de Defensa- escuchó por primera vez hablar
de la tesis de una invasión, en un almuerzo
informal, en enero, por boca de un periodista. Por
cierto, le llamó la atención lo que acababa de
escuchar, pero no fue sino entre el 28 y 29 de marzo
que se enteró de que el hecho más importante de la
historia militar argentina del siglo XX se
encontraba a pocas horas de desencadenarse.
La
decisión de invadir se había resuelto el 26.
Esteban
Takacs, embajador en Washington, no se sintió libre
de situaciones menos embarazosas. Fue una autoridad
norteamericana de primer nivel y no una de la
Argentina la que el 30 de marzo lo convocó al
Departamento de Estado para hacerle saber que los
servicios de inteligencia de EE.UU estaban al tanto
de lo que se preparaba, y aún más: le advirtió
que los argentinos debían saber que la ocupación
de las islas sería un hecho inadmisible desde el
punto de vista de Washington.
En
una comida en honor del secretario de Defensa del
Reino Unido, la semana anterior, el segundo
funcionario de mayor jerarquía de la embajada británica
en Buenos Aires, Steve Williams, me preguntó si era
cierto, como parecen dar en la actualidad las
encuestas, que los argentinos han perdido interés
en las Malvinas.
Contesté
que no lo creía así. Una cosa es el descrédito en
que quedó la invasión, a raíz del rotundo fracaso
y a la voluntad nacional de preservar la paz frente
a cualquier país miembro de la comunidad naciones,
y otra distinta las emociones que las islas
distantes del continente suscitan en el corazón de
los argentinos.
Los
más veteranos hemos aprendimos a leer en libros en
que después de "mi-ma-má" y
"la-bandera", venían otras frases, entre
las cuales había, entreverada, esta más: "Las
Mal-vi-nas-son-ar-gen-tinas".
Ni
siquiera los conflictos de límites que aún por
entonces estaban abiertos con países vecinos se
hallan en nuestra formación cultural tan vivos como
la permanente recordación que se hacía en las
escuelas y los colegios, públicos y privados, sobre
las Malvinas. Para decirlo en breve: las seguimos
reclamando, como derecho concerniente a la
integridad territorial argentina, desde que las
perdimos, en 1833.
La
única versión firme sobre la forma en que apareció
la cuestión de las Malvinas en la Junta Militar
dice que fue por nota del almirante Massera, hacia
1977. La versión agrega que los entonces teniente
general Jorge Videla y el brigadier Orlando Agosti
contestaron que desconocían que hubiera hipótesis
de ocupación de las islas debidamente estudiada.
"¿Tiene
usted los planes de ocupación?", habrían
preguntado. "No", se afirmó siempre en el
Ejército que fue la respuesta de Massera.
Y
así fue como la Armada tomó a su cargo el estudio
de esa hipótesis, bajo la responsabilidad directa
del almirante Jorge I. Anaya.
Comparto
el criterio de quienes afirman que, por
temperamento, el general Viola no hubiera aprobado
la invasión de las Malvinas y que tampoco lo habría
hecho en su momento Videla.
La
Armada no simpatizaba con Viola. Según revelaciones
militares a este diario, cuando llegó el momento
del reemplazo de Videla como presidente, el
almirante Armando Lambruschini -sucesor de Massera-
hizo saber por nota a sus pares que la Armada veía
con buenos ojos a dos candidatos: uno, el general Ibérico
Saint Jean; otro, el brigadier Osvaldo Cacciatore.
El
Ejército contestó que no. Primero, porque por un
voto de ventaja los generales de división ya habían
elegido a Viola, por encima del general Carlos Suárez
Mason, presidente de la Nación; y, en segundo
lugar, porque Saint Jean y Cacciatore eran militares
retirados y lo convenido desde la gestación del
proceso establecía que la presidencia correspondería
siempre a un general, almirante o brigadier en
actividad.
La
Armada habría propuesto entonces al general
Leopoldo Galtieri que asumiera él la presidencia
con retención del cargo de comandante en jefe del
Ejército, que los marinos no se opondrían a la
duplicidad de funciones.
Cuando
el 11 de septiembre de 1981 el almirante
Lambruschini fue reemplazado por el almirante Anaya
al frente de la Armada, en la Junta Militar se
juntaron al fin dos jefes militares que se conocían
desde la temprana adolescencia. Habían ambos sido
compañeros del Liceo Militar, en San Martín.
Fueron los dos grandes actores de los sucesos dramáticos
que sobrevendrían.
A
tenor de lo que sucedería poco después, deberá
inferirse que hay razones subjetivas para afirmar
que Anaya influyó sobre Galtieri para sumarlo a su
favor en la aventura de las Malvinas. Sólo pasaron
dos meses entre el ingreso de Anaya en la Junta
Militar y el desplazamiento de Viola, un fumador
empedernido cuya salud tal vez no fuera la mejor del
mundo, pero seguramente haya estado eso lejos de ser
un impedimento tan grave como para separarlo del
gobierno del país.
¿Ha
de verse en Anaya el caso clásico de quien se
enamora de su propia obra?
Anaya
había sido el oficial a quien Massera había
encargado hacer los planes de invasión años atrás,
cuando la mayoría de la Junta Militar de entonces
observó, con criterio, más que conservador, obvio,
que lo primero que cabía realizar era el estudio de
una hipótesis de ocupación.
La
guerra costó mil vidas de argentinos y británicos
y decenas de héroes del Ejército, la Armada y la
Fuerza Aérea demostraron con su sacrificio que, aún
con tropas sin debida preparación, sin suficiente
material bélico y con una conducción tan dividida
como lo había sido la del gobierno desde marzo de
1976, los recursos humanos militares argentinos habían
probado ser, entre la mayoría de los profesionales,
de primer orden a escala mundial.
El
peso principal de la guerra y las principales pérdidas
en armamentos recayeron sobre la Fuerza Aérea y la
aviación naval.
Ganar
la guerra contra Gran Bretaña y, en suma, contra la
Organización del Tratado del Atlántico Norte
(OTAN) constituyó, en definitiva, una misión
imposible.
"Desembarco
argentino en el archipiélago de las Malvinas",
tituló LA NACION, en su segunda edición del 2 de
abril, como primicia internacional. Un despacho de
la United Press, de las 5.11 de ese día, informaba
que la noticia todavía no había podido confirmarse
en fuentes oficiales.
Ese
título había sido redactado a las 2 de la
madrugada, hora de Buenos Aires, por Luis Jorge
Zanotti, desaparecido prosecretario general de LA
NACION, y por quien esto escribe. Lo hicimos después
de haber recibido la contraseña convenida de
antemano con un diplomático de la íntima confianza
del canciller Costa Méndez.
Pero
estuvimos con el "ay" en la boca hasta la
media mañana. Las comunicaciones de radio con el
centro de operaciones establecido en las islas tardó
tanto en reanudarse que el gabinete nacional necesitó
postergar una reunión de emergencia prevista para
primera hora. En esa primera reunión ministerial se
dieron anticipos -todos fallidos- de que el consejo
de seguridad de las Naciones Unidas estaría con
nosotros. Y ni qué decir China y la Unión Soviética.
Aunque
exacta en definitiva, nuestra información había
estado un tanto adelantada a los hechos, porque si
bien ya habían hecho pie en el archipiélago los
primeros grupos de desembarco comandados por el
contralmirante Carlos Busser, nuestras tropas aún
no habían llegado a Puerto Argentino a las 2 de la
madrugada. Esto último estaba consignado de forma
errónea, sin embargo, en una línea por debajo del
título principal del diario.
¿Fue
la Guerra de las Malvinas el más grande error
militar argentino del siglo XX?
Es
posible que haya coincidencia general sobre ese
punto, pero cuáles fueron más gravitantes: ¿los
errores militares, los errores diplomáticos o los
que provinieron de la explosión emotiva que, sin
distinción de clases sociales, llenó la Plaza de
Mayo como si se tratara de un gran cacerolazo al revés
y llevó a Galtieri a prometer que la Argentina no
devolvería un solo metro cuadrado reconquistado?
Entre
ese discurso y el hundimiento del crucero general
Belgrano se perdió la posibilidad de lo que muchos
de los actores de la época aseguran que era lo
acordado: hacer pie en las islas sin derramar una
sola gota de sangre británica -el gran objetivo
cumplido con esmero por el contralmirante Busser y
sus hombres en la "Operación Rosario",
entre el 2 y el 6 de abril, izar la bandera
argentina y abrir el país a una negociación que,
con el amparo de las Naciones Unidas, llevara a un
gobierno tripartito integrado por la Argentina, Gran
Bretaña y la UN.
Lo
más paradójico de este caso fatal es que la Junta
Militar -con la salvedad moderadora siempre del
brigadier Basilio Lami Dozo- se lanzó a una
aventura política por la vía militar, pero sin
calcular que se metía en realidad en una guerra
desastrosa, que haría añicos más de diez años de
acercamientos económicos y sociales con las islas y
los isleños.
Es
decir que la guerra fue la consecuencia inevitable
de un hecho desesperado por rehacer, en el terreno
interno, un gobierno que comenzaba a hacer agua por
todos lados.
Decíamos
en LA NACION, el 13 de diciembre, dos días después
de la remoción del general Viola: "Las Fuerzas
Armadas han comenzado su ter- cer período sucesivo
de gobierno en una atmósfera de generalizada pérdida
de consenso y apatía ciudadana".
La
conducción militar argentina no consiguió siquiera
controlar la calidad de los tiempos ideales para el
objetivo que se trazaba. El desembarco en las
Malvinas debió de haberse hecho mucho después de
abril, acaso a partir de septiembre, cuando
deliberaría la Asamblea General de las Naciones
Unidas.
Pero
el canciller Costa Méndez recomendó adelantar las
acciones.
Gran
Bretaña había considerado como una agresión
disfrazada los trabajos de desmantelamiento de una
factoría en las Georgias del Sur, que realizaba un
elenco de trabajadores a cargo de un gran
chatarrero, Constantino Davidoff.
Davidoff
había informado de sus trabajos a Gran Bretaña,
que en principio lo autorizó. Sin embargo, los británicos
terminaron enviando a las Georgias al buque
Endurance, con la sospecha, al parecer, de que
Davidoff estuviera haciendo algún trabajo especial
para los argentinos. Muchos años después, según
cree recordar uno de sus abogados, Davidoff recibió
una correspondencia de la reina Isabel, cuyo
contenido desconocemos.
Ante
lo que Londres juzgó de pronto como una provocación
-justo en medio, además, del fracaso de
negociaciones por las islas, que se venían
realizando en Nueva York-, la Argentina se adelantó,
como proponía Costa Méndez, y ocupó militarmente
las Georgias.
Davidoff
terminó reclamando de Gran Bretaña una indemnización
por daños con el patrocinio de una suerte de
multipartidaria jurídica. Se ocupó de su caso,
presidido por Juan Carlos Olima, un equipo de
abogados integrado por Julio Oyhanarte, José
Antonio Allende, uno de los Petracchi y -oh,
sorpresa- Fernando de la Rúa.
Han
pasado veinte años. Y no es el rencor sino el espíritu
de reconciliación el que priva hoy en las
relaciones entre la Argentina y Gran Bretaña. Es más,
si por largo tiempo aquel traspié fue considerado
de una magnitud insuperable para el orgulloso espíritu
nacional, los límites inacabables de la decadencia
que puede sufrir un país han puesto de relieve
estos últimos años y meses en la Argentina que
siempre existe la posibilidad de estar peor de lo
que se estuvo alguna vez.
La
aventura del desempleo, la recesión, el corralito,
el default, la devaluación... han dejado esa amarga
lección.
Por
José Claudio Escribano
De la Redacción de LA NACIÓN
|